jueves, 12 de septiembre de 2019


¿Así que esto es el miedo?

Pensó para sí mientras intentaba distinguir el iris de sus pupilas. Tenía los ojos tan negros que necesitaba mucha luz proyectada en ellos para poder discernir si estaban contraídas o dilatadas. Siendo a veces ese pequeño cambio casi imperceptible el único cariz de emoción que podía hacerte saber su estado de ánimo.

La boca del estómago encogida, como si estuviese preparada para recibir un puñetazo, espesaba el aire hasta su diafragma haciendo que el oxígeno pareciera impregnado de algo pegajoso que le cerraba la garganta. ¿Llanto a lo mejor? ¿Ganas de gritar? Probable. Pero tenía todos los músculos de su cuerpo tan agarrotados que le era imposible hacer cualquiera de las dos cosas pese a lo mucho que lo necesitaba.

Su imagen en el reflejo se distorsionaba cuanto más la miraba, totalmente ajena a sí misma, aquello que veía no correspondía con lo que conocía. Solo había vértigo, vértigo dentro. Y el miedo como único hilo conductor que le hacía sentir que seguía viva. Porque por lo demás, como estar muerta.

¿Y el día? A juego con ella. Gris tormenta.

Así que salió al balcón. Caminaba de lado a lado con los pies descalzos. Dejando huellas en el suelo terraza. Sintiendo el frío en las plantas de los pies. Y la condensación en las ventanas. Ni los relámpagos la sorprendían. Se sentía parte de un todo en el que se sabía insignificante.
Ella, que no se había permitido nunca fallar, allí estaba, protegiéndose el lado derecho del abdomen.

Otro trueno. 

Y se desencadena la risa.

Hueca rebota entre su lengua y el paladar. Sabe a sarcasmo. Amarga. Pero destensa el cuello hasta el lagrimal. Y entonces se rinde. Y se golpea el pie descalzo contra el sillón de cuadros abandonado a las vistas de la ciudad. Y el dolor físico le hace llorar el profundo. Y se deja caer. Hasta el fondo. Y con los ojos cerrados solo se ve negro y algunos destellos flotantes, dispersos, huidizos.

Y así, abrazada a su propio estómago, se llueve la cara hasta que se apagan las luces. 


viernes, 14 de abril de 2017

 


Me he acunado en la sonrisa de la muerte, he jugado al escondite con la vida, y me he hecho lazos en el pelo con las cuerdas flojas en las que bailaba.
Me he despertado encontrándonos en los versos de Neruda, te he escuchado cada noche que faltabas en la voz de Sabina, y te he reclamado en el rasgar desafinado de mi guitarra.
He perdido el sentido común al pensarte, se lo entregué al diablo para que me dejara tus recuerdos, y he implorado a Morfeo que me dejase, porque prefiero noches de insomnio a despertarme después de haberte soñado.
Pero también he reído, he reído hasta alcanzar el llanto y no ser capaz de encontrarme a mí misma.
Hasta que me he vuelto a ver como reflejo de tu ausencia y he caído igual de muerta que las hojas de este otoño.
Pudriéndome en el suelo, pisada bajo las suelas de aquellos que solo miran para sí, añorando lo bonita que era la vida desde lo alto cuando dejarme caer no era una opción.
Y me he echado unas gotas de tu colonia en las muñecas, para abrazarme a mí misma y sentir esta casa, de nuevo, un hogar.
Y me he arrancado la ropa por el pasillo para quitarme la ropa interior con cuidado
nada más llegar a la cama.
Porque tú tenías siempre prisa por desnudarme, y yo miedo de que me rompieras, al hacerlo por dentro.
Pero aprendí a dejarme llevar, y entonces los vecinos se quejaban mientras tú no podías hacer otra cosa que reír, porque esos necios no querían darse cuenta de que solo existíamos los dos.
"Les jode", me decías, y yo te sonreía sin procesarte porque sólo era capaz de fijarme en cómo me mirabas para grabarme en la memoria tu deseo.
Y así fue, ahora cierro los ojos y te veo, eres consuelo y a la vez agonía, y me recreo en ese verso de
"en un beso sabrás todo lo que callé."
Porque nunca te besé para decirte te quiero y nunca te dije te quiero después de besarte, siendo hoy. quererte, lo único que me queda.
Sólo espero que otra te deje romper sus medias, que te toque la guitarra mejor, pero con menos pasión que yo, que te bese con furia y te extasíe, para que solo así te des cuenta de que era en mis quiebros y grietas, en mis heridas abiertas y en mi oscuridad, dónde mejor conciliabas el sueño.
Que era yo, tan rota, insegura e imperfecta,
quién de verdad te hacía sentir.



jueves, 15 de diciembre de 2016

A base de palabras.




                                       JC:                               J:                                   S:
                                       Habitación                   Moral                            Amistad                           
                                       Profundo                      Humanidad                   Naturaleza                       
                                       Herida                          Igualdad                        Locura
                                       Copa                            Fascista                          Nitidez 
                                       Lágrima                       Comunismo                   Habladuría
                                       Lluvia                          Laura                             Despotismo
                                       Chimenea                    Rol                                 Lógica
                                       Fuego                          Modificar                       Física
                                       Silencio                       Violencia                        Inocencia
                                       Tiempo                        Vástago                          Música
                                       Soledad                        Mar                               Carisma
                                       Compañía                    Niebla                            Luna
                                       Sonrisa                        Animal                           Aroma


Y aquí estoy, un día más en la misma habitación, sin más compañía que esta soledad que al otro lado del sofá, junto a mí, me ofrece su sonrisa. Ante una chimenea donde el silencio sigue sin ser capaz de callar el crepitar de las llamas arrasando con nuestra historia, a pesar de que el fuego lleva ya ahogado mucho tiempo.  
Brindo con la copa vacía en la mano porque esta lágrima ha sido una menos por llorar, y celebro que la lluvia de noviembre por fin haya llegado para valerme de competencia porque le llevo ventaja en tormentas. 
No hay herida abierta lo suficiente profunda como para que tu despedida pueda conmigo. Recuerda, no hay mejor palabra para dar lugar a una nueva historia que "fin." 
Aunque me persigan todas las canciones que llevan tu nombre y Laura esté tatuado en mi piel bajo tinta invisible. Aunque en mí no haya instinto animal suficiente como para manejarme dentro de este mar de niebla. Aunque hayas arrasado con una violencia fascista en mi vida, poniéndome contra la pared para acribillarme a balazos las ganas. 
He sido vástago de la simpleza. Me has hecho jugar bajo un rol que nunca sentí mío. Me hiciste dudar de la humanidad cuando me dijiste que conocías a muchos como tú, y fue entonces cuando me pregunté quién coño le entregó el papel secundario a la moral en esta tragicomedia de palomitas pasadas en típicas tardes de domingo. 
Ahora me abrazo a libros de comunismo porque defienden la igualdad y qué quieres que haga, son los únicos capaces de modificar los recuerdos de mi sometimiento hacia ti. 
No sé cuánto tiempo me ha llevado despertar de tu despotismo. Supongo que la inocencia se lo pasó bien amueblando su hogar, cuando se encontró con que mi cuerpo era lo suficiente acústico como para hacer sonar su música tan alto que podía hacer callar mi lógica. Y se ha sentido tan cómoda conmigo a solas que no le abría la puerta ni a las habladurías más evidentes. 
Hoy tu aroma deja de estar en mi almohada, y aunque me cruce de nuevo con él por las calles ya no entro en locura, ya no me giro para buscarte, ni el estómago se me retuerce con sus quiebros. 
Hoy empiezo a verte con la nitidez que tanta falta me ha hecho, aunque sea a solas y contando únicamente con la amistad de la luna por las noches. 
No hay leyes en la física suficientes como para explicarme este fenómeno, ni la naturaleza tiene el suficiente carisma como para envolverme y hacerme olvidar.
Pero qué más da cuando me quedan palabras para jugar, aunque sea de ti de quien las haya aprendido. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

#Miedos



Tengo miedo.
Tengo miedo a los cambios, a las nuevas emociones, a no saber poner nombre a lo que vivo y vivir sin saber qué hacer. 
Tengo miedo a jugarme esta mano cuando desde dentro me grito que apostarlo todo a nada es otra forma de perder(me). 
Que sí, que tengo miedo a abrirme, a que me conozcan, a desilusionar, a decepcionar y a la decepción.
Tengo miedo a cerrar los ojos porque no me acostumbro a la oscuridad, ni aunque sea la única que me abrace por las noches. Tengo miedo a darme cuenta de que es demasiado tarde y de que he dejado pasar el puto metafórico tren con el que tanto nos machacan de niños. Tengo miedo a los altibajos, a la inestabilidad y a la indecisión, y eso que la inseguridad es mi alter ego, mi otro yo.
Tengo miedo a que me engañes, a no entenderte, a que me hagas daño y a no poder seguir escribiendo porque solo por haberte hecho un hueco en mi vida me he quedado en blanco.
Y dime cómo voy a poner en orden mis ideas si la lógica dijo que se iba de paseo y a día de hoy sigo esperándola en casa.
Y dime tú cómo convivo con estas sensaciones a las que no se poner nombre cuando siempre he sido la primera en bautizar a los sentimientos en cuanto entraban en mi vida.
Dime tú cómo voy a dar el paso si nunca me he visto en tirolinas tan altas y el arnés no me aprieta lo suficiente como para poder lanzarme al vacío.
Dime cómo desatarme los miedos que me anclan los pies si son la única garantía de no desplomarme contra el suelo en el caso de que me atreva a saltar.
En serio, dime tú cómo avanzo en una historia que no sé si ha empezado o acaba de terminar. 
No estoy preparada para escuchar un no por respuesta. Ni siquiera sé si estoy preparada para recibir un sí. 
Solo sé que tengo miedo al equívoco y a la equivocación, a la ambigüedad y a la confusión. Tengo miedo a estar aquí sola, viendo como la vida pasa por no ser lo suficiente valiente de tomar el control.
Pero dime tú lo de siempre, dime que los miedos están para enfrentarlos, dime algo que no sepa ya, dime algún consejo que no haya dado yo antes, dime que puedo con la oscuridad, con los demonios, y con todo lo que se me ponga por delante al igual que hicieron muchos antes de ti, que ya no están en mi vida.
Dime tú qué haces con tus miedos cada día, porque tal vez solo así pueda hacerles yo frente a los míos.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Ella

   

Ella, que tantas ganas de gritar contiene en ese cuerpo tan pequeño, que tanto expresa mientras calla y tanta ira derraman sus ojos.
   Ella, que tantos sueños acuna en su pecho, y que tantos suicidios ha contemplado a través de su risa donde la alegría se decidía a lanzarse en picado. 
   Ella, que sostiene la mano del miedo allá donde va, y que se acuesta con la derrota esperando a que sea la victoria quien le dé los buenos días. 
   Ella, que tantos secretos guarda entre sus pestañas con la esperanza de que en sus parpadeos echen vuelo, y que tanta nostalgia aguarda en sus labios en esas medias sonrisas.  
   Ella, que se esconde tras el rubor de sus mejillas, que cierra los ojos para que no la conozcan y que pierde el sueño cada vez que desea, echa a temblar cuando la soledad la abraza y la congela por dentro de frío.  
   Ella, que se desgarra por dentro con los gritos y las súplicas que no es capaz de revelar, que aguarda en un silencio que hiere, que envuelve y que rasga, y que mira con rabia cuando se cree valiente, es un autómata de su propio destino.
   Ella, que solo encuentra consuelo en los sueños, que busca autodefinirse en la utopía y determinarse por sus ambiciones, que se ríe desde el vacío y que tiene dominado el juego de mostrarse alegre, es fachada de cristal blindando que se resquebraja nada más llegar a casa.
   Ella, la mejor compañera del miedo, de la indefensión y de la vulnerabilidad, acostumbrada a abrazar al derrotismo anhelando sentirse victoriosa algún día, que se despierta con la apatía de verse de nuevo en un día fotocopia del anterior, pisotea a la esperanza con el pie izquierdo cada vez que despierta.
   Ella, tan secreta, reservada e impenetrable, que pasa con sigilo por tu lado y susurra con sus pisadas que necesita ayuda, y que sus labios muestran una sonrisa que solo los expertos podrían apreciar falsa, es capaz de soltarse el pelo y echar a correr como la viva expresión de la locura.
   Ella, que se acalora con facilidad, que se esconde tras su timidez para parecer más tierna, que mira al suelo para que no puedas leer a través de sus ojos, y que se muerde y pellizca por dentro cuando empieza a querer, es la primera en saltar al vacío sin cuenta atrás ni remordimientos, aunque sea el asfalto el que le espera en la caída. 

Ella como representación de ti, de mí, de muchos, que incapaces de agarrar la vida con las ansias con la que muchas veces nos abordan los problemas, perdemos tiempo escondiéndonos de nosotros mismos. 

martes, 15 de noviembre de 2016

Siendo música.



Después de muchos sábados en aquel bar pequeño y perdido en el casco viejo de una ciudad cualquiera, un bar de suelo de madera, posavasos viejos y grandes ventanales para conseguir el mínimo de luz que el encontrarse entre callejuelas permitía, advirtió que quería hacer el amor con un músico. Sí, con un músico.
Llegó allí con botas de agua, huyendo del frío del que su gabardina beige no le protegía, y con el crujir del suelo bajo sus pies.
Un antiguo reloj de pared daba las siete menos diez de la tarde y la noche ya comenzaba a inundar las calles.
Se sentó en la que era su mesa de siempre, y esperó a que le trajesen un café bien cargado mientras observaba la calle a través de las ventanas para ver a qué hora exacta se encendían las farolas.
El camarero le acercó el café y dos sobres de azúcar. Le sirvió un vaso y ella observó como la leche se teñía de una tonalidad marrón más oscura que la de su gabardina y se precipitaba hacia el fondo de la taza.
Utilizó la cucharilla para mezclar el café y sonrió con el tintineo de la taza que exhibía la porcelana.
Y entonces el sonido se perdió tras un agudo. Tal vez un si o un mi, un sonido brillante que se mantuvo en el aire durante varios segundos y que consiguió la atención y el silencio de todos los presentes.
Al fondo había un chico, con los dedos colocados sobre las cuerdas de un violín, el cuello inclinado y el arco dispuesto a hacerlo sonar. A su lado el acompañante a piano, que con la misma disposición que el violinista colocó los dedos sobre las teclas.
Entonces comenzó el piano y el violinista cerró los ojos, susurró algo para sí mismo y después de hacer un vaivén melódico con su cuerpo empezó a tocar. El arco acarició las cuerdas y él deslizó sus dedos sobre el diapasón. Era rápido, ágil y dulce, casi tímido.
Ella mantuvo el calor entre sus manos y mientras observaba al dúo dio un trago al café. Éste dejó una huella de fuego por todo su cuerpo.
Se recostó sobre la silla y entornó los ojos.
El violinista con vehemencia llenó el bar de agudos,  cada vez apretaba los ojos con más fuerza y sus movimientos eran más rápidos. Y fue entonces cuando se imaginó a sí misma siendo música, llenando los vacíos que solo una buena melodía alcanza. Abandonándose al arpegio de sus dedos, aumentando el ritmo, prestando atención a los matices y sin dejar de perder el compás. Se imaginó recostándose sobre el pentagrama para improvisar la melodía perfecta y alcanzar la máxima expresión de intensidad de la música; el clímax. Sin importar que éste provocara la disonancia y se perdiera  en el aire la diatónica que completa su sistema tonal. Y se imaginó volviendo a la métrica ligando los suspiros, coordinando la respiración y manteniendo los pulsos.
Se imaginó siendo arte, hasta que acabó la música, la envolvió la noche, se hizo paso a los aplausos. Y al darle un nuevo trago a su café ya frío, volvió a la realidad.



martes, 25 de agosto de 2015

A falta de canción.



Hoy me apetece escribir porque sí, porque es tres de agosto y no encuentro ninguna canción tan desesperada como para acompañarme en esta noche de insomnio.
Hace mucho que no me entiendo con palabras, he empezado a recurrir a las miradas que traen brillo porque la luz es el único salvavidas que nos queda, al igual que las bengalas que se lanzan para pedir auxilio. He de decir que no hay tormentas lo suficiente fuertes como para tirarme las paredes encima. Este verano se llevan más los incendios y últimamente todo en mí arde.
Parece mentira que la niña callada por sus complejos siga siendo niña pero llena de rabia.
Rabia por haberse convertido en utopía creyéndose alguien que no es.
Hay oasis que encuentras y te dan la vida, mucho de ellos son sueños. Pero no sé hasta qué punto mi vida es sueño como dicta Calderón de la Barca o es la metafórica realidad a la que nunca se le acaban los puñetazos, cuchillos y puñales.
Solo sé que le gusta muchas veces disfrazarse de soledad y se entretiene amargando a la gente, sobre todo en noches de domingo.
Lo mejor es que a estas horas aparecen los miedos a golpear las paredes de la conciencia y hasta la inconsciencia se despierta ante tanto alboroto. Porque no se pueden dar mas vueltas en una cama de metro noventa sin marearse, y porque los párpados gritan como los gladiadores de 300 para intentar retener a sus enemigos; las lágrimas.
Es curioso cómo ahoga retener el llanto y lo ridículo que puede hacerte sentir asomarte después al espejo a buscar tu entereza.
Qué se puede hacer cuando te ves hundido aun sabiendo que mañana será otro día sino acostarte ahora agotado y con los dedos cruzados para no tener pesadillas.
Es increíble la vida, tan llena...  De todo. Capaz de enamorarte un día y de ganarse tu odio al siguiente. Qué bonita es a veces y qué amarga otras tantas.
Qué se puede decir sobre algo que te lleva de la mano hacia la muerte para que no te la pierdas.
No soy capaz de entender cómo este caos es puro equilibrio y por qué esto de vivir siempre tiene un antónimo esperándote a la vuelta de la esquina. 
Porque si ahora eres feliz llegará más tarde la desdicha y tras ella alcanzarás de nuevo la cima de la alegría para después volver a caer.
Todos dicen que "nadie dijo que vivir fuera fácil" yo ahora digo, que vivir no es difícil, que tan solo es cuestión de dejarse llevar. Lo jodidamente complicado es vivir sintiendo que algún día te arrepentirás de no haber vivido lo suficiente como para poder acabar siendo feliz.
porque la felicidad al fin y al cabo, es lo único que necesitamos para sentir que sabemos vivir, o al menos para quedarnos conformes con lo que hemos vivido.

martes, 26 de mayo de 2015

Todo o nada.



Vamos a jugarnos las razones a ese todo o nada de debajo de las sábanas, porque no hay mejor discusión que desnudar al sentido común. 
El mío se empeña en vestirse con el azul de tus ojos y pactar su suicidio con tus labios.
A cada vez que le dices bonita se siente morir. 
Muere porque cambiaría cien palabras por un beso tuyo y porque sueña que se las robas todas con la yema de los dedos, o te las deja prestadas.
En realidad quiere perder la lógica, la razón y el sentido si es la espiral de tus caricias la que hace surcos por su espalda.
No hay mejor regalo que poder dejarse ir. 
A veces sueña con desaparecer un momento y dar el paso de acercarse a tus caderas, aunque eso suponga perder el control, el miedo y la ropa más íntima.
Y es que no hay interior más sugerente que el de un sujetador a medio desabrochar que oculta ganas y medias verdades, en el paso que se abren los latidos entre el temor y el rubor. 
Medias verdades porque a medias rotas siempre se ha vestido por esa metáfora de querer sentirse, como tú le dices, bonita, pero no llegar. 
Tampoco quiere ni le gusta recomponerse a sí misma, prefiere vivir en su condición de persona rota y si eso... dejarse querer. Pero después viene el amor como respuesta disfrazado de recompensa por reconocer tanto desliz. Un contratiempo que ni ella espera, porque solo sabe componer a base de versos y no de besos su propia historia. Su memoria le discute todo aquello que aprendió en los libros pero nunca llevó a la práctica. Y se ve desnuda de experiencia, caminando a tientas, dando tumbos. 
Entonces desea que su sentido más suicida sea el común para poder arrancarse las medias, los miedos y el sujetador, sin conciencia, ni inconsciencia, ni el subconsciente dando guerra, simplemente a lo loco. 
Porque de locuras se hacen los mejores recuerdos, y los caraduras siempre llegan más lejos que aquellos que se esconden por las esquinas intentando darse de bruces con la oportunidad. 
Por ello ahora que le ha llegado, que se ha tropezado y que le ha limpiado las rodillas de las heridas de la prudencia, se ha dicho que ésta es la suya y que después de llorar a tantas noches oscuras no puede ser difícil bailar apagando la luz. 

lunes, 27 de abril de 2015

Sorpresas que da la vida.




Quizás he permitido a la razón que se pierda entre tus piernas o tan solo he cerrado tu puño con mi inseguridad dentro.
   Tal vez hayas tomado prestada mi inocencia al acariciarme la espalda
y me la hayas devuelto bajo la almohada para que se cuele de nuevo en mis sueños.
   Puede que me haya dejado hacer cuando la melancolía tocaba las cuerdas de aquella guitarra o tan solo haya sido la guitarra  la que se desnudó de su vestido de polvo al necesitar compañía.
   Me he callado besos para besarte a palabras y te he guardado abrazos por darte todos mis secretos, pero también me he jugado todas las cartas con mi amor por apuesta deseando que fueras tú el que ganase la partida; aunque en realidad, saliera yo ganando.
   Tal vez a riesgo de olvidarme de que la vida es sorpresa aun envuelta en un papel feo he preferido compartirla contigo, por eso de que ves arte donde yo veo desastre y pérdida de tiempo.
   Y es que en esta constante de segundos, minutos y horas, olvidaría la cuenta hasta de los días porque... de nada me sirve un reloj o un calendario marcando algo que nunca tendremos.
   Por ello no te aposté mi tiempo, porque no podría hacerte el tiempo pero sí el amor. Y además ya estaba dispuesta a regalarte mis días aun siendo incontables, ya sabes... por esto de que la vida es sorpresa y nunca nos dejará calcular cuántos amaneceres tendremos.
    Aún así recuerda que lo mío no son los números, que las ecuaciones con incógnitas las dejé muy atrás y que me conformo con que sumemos aunque cueste más esfuerzo que restar. Porque llegados a este punto reconoce que vivir es una resta y sumar muestra de rebeldía, pero que no hay mayor rebelde que se conozca que el amor. No solo porque nos esconde Roma y porque lleva sobre sus espaldas mil historias no contadas, sino porque lucha contra el tiempo y lo frena, y aunque no alarga la vida la embellece.
  Que al final es como la música, la literatura o los sueños que se cumplen y ese anhelo que descansa entre los pulmones cada vez que respiras. Todo nace de alguien que ama y que lo da todo por ese amor al arte que nos presta una vida más bonita, más sensible, menos cruel, que nos permite enamorarnos de sentir.
   Por ello quién sabe, tal vez tengamos la suerte de alcanzar nosotros una bonita melodía, o un relato interminable o tal vez un conjunto de sueños tan grande que nos pongan sobresaliente en sumar.
   Tal vez algún día seamos capaces de respirar sin temer a que sea el último aliento.... Tal vez nuestra compañía sea suficiente para que la guitarra se anime a tocar por bulerías... O tal vez apostar por ti haya sido mi mejor decisión y quizás, gracias a ello, llegue el día en que pueda decir que fuiste mi mejor apuesta; sorpresa o simplemente; lo mejor de mi vida.

viernes, 13 de marzo de 2015

Lo que veo.


Lo que veo es agua revuelta, agresiva, jugándole a las rocas un pulso sobre cuánto va a tardar en erosionarlas. Llega la espuma hasta la orilla y borra las pisadas que hace siete segundos exactos he dejado en la arena. Una pareja juega con una estaca que ha arrastrado la marea a hacer surcos, tal vez escriben sus nombres, o sus fechas, o dibujan uno de esos infinitos que están tan de moda. Como si la eternidad se pudiese prometer, y más en la arena. Esta vez el mar tarda nueve segundos en demostrar que él es el único capaz de dejar huella. Él chico lanza el palo contra una ola que comienza a formarse cerca de la orilla, flota como acunado por la corriente en un vaivén tranquilo, como si el mar se hubiese apiadado de él después del tormento de su inerte vida, como si supiera que ahora le toca ir a la deriva y le diera el consuelo. La chica abraza a su novio por la cintura y él se deja hacer, son jóvenes y eso les embriaga, parece que no son conscientes de que todavía vienen muchas olas y que tal vez no sean capaces de escribir su historia dentro de la tormenta.
Y entonces lo que veo es su futuro. Hoy abrirán los ojos y se verán a oscuras desde la cama pero pasado mañana se preguntarán qué ha salido mal para que ya no estén haciéndose compañía y buscarán en algún local de noche una nueva historia. Por la forma en que se miran confunde atracción con amor, no tardarán mucho en darse cuenta. Un anciano les observa desde más atrás. Anda con pasos torpes, el bastón se hunde y por sus gestos cansados parece que es el único apoyo que le queda. Observa a la pareja con ese anhelo que tan solo aparece en las miradas, tal vez haya acabado allí buscando su vida en otras personas. Quizás sea la única manera de revivirla. Y de repente lo que veo es su pasado. Un ramo de flores, margaritas blancas, aquellas que simbolizaban ese infinito actual pero con la diferencia de que a éstas se las cuidaba porque sí se quería que duraran para siempre. Veo cartas que encerraban secretos, deseo y amor, intenciones ocultas, demostraciones de cariño tan solo a puerta cerrada y no de cara al público. Veo la voluntad de convertir las olas en mar calma, de conseguir en el cantábrico una balsa mediterránea, de haber podido con tsunamis. Y todo esto lo veo en la margarita blanca de su solapa, en el anillo de compromiso en su dedo anular y en los ojos colmándose de lágrimas cuando la pareja se da la mano y se retira.
Lo que veo es un mar bravo, desafiante, que arrasa con todo lo que se pone a su paso y arrastra lo que desea consigo.
 Y lo que veo es tiempo, siete segundos en que llegue una nueva ola. Veinte segundos de beso. Cuatro en dar un nuevo paso. Y una historia eterna frente a un relato de cinco capítulos que ya se acerca a su fin.


jueves, 5 de marzo de 2015




Ausencia: ausencia es el hueco entre clavícula y cuello una vez dejo de abrazarte. Un gemido roto que intenta retenerte. Un silencio que se escucha porque llena las habitaciones de un tangible vacío. Las dos cucharadas que faltan de azúcar en tu café de las nueve. El sonido de la ducha cuando el agua echa de menos nuestros cuerpos. La luz de la lámpara del salón apagada porque ya no tiene que alumbrarte. El reclamo de las paredes que quieren vibrar tras uno de tus portazos. Y la copa de vino, esperándonos,  para que la saquemos del armario y la libremos del polvo que la cubre.
Ausencia; ausencia soy yo cuando tú estás ausente.  

Tristeza: tristeza es que se apague el mundo aún no habiendo llegado la noche. Que el frío sea interno y los escalofríos me recorran de dentro hacia afuera. Que ni la respiración sea mía porque hasta mi cuerpo es ajeno. Que al caminar hasta arrastrar los pies me suponga un esfuerzo. El no querer abrir los ojos porque hacerlo es verlo todo más negro. El necesitar esconderme en la melodía más lenta y tras una fría madrugada. El subir las persianas y que la desgana me salude a la vez que un nuevo día. El despertar, ya por rutina, con el pie izquierdo y el saludar a mis ojeras con lágrimas novatas al mirarme al espejo.
Tristeza; tristeza es ser ausencia cuando tú estás ausente.  

Nostalgia: nostalgia es pasear por antiguos relatos y encontrarte en las frases que no sentiste tuyas. Tropezar con recuerdos que abandona a su suerte mi almohada esperando a que yo los acoja. Y joder, qué bien lo hago. Acariciar con las yema de los dedos cada uno de los libros que leí a tu lado. Encontrar tu colonia en una esquina inesperada y que de mi pulso salten chispas porque va a dinamitar. Reencontrar las cinco fotos que abandoné bajo la cama. Volver a tomarme el café con tus dos cucharadas, y que el sonido de la ducha me extravíe hasta llevarme a unas gotas de agua que parecen devolverme tus caricias.
Nostalgia; nostalgia es sentir tristeza al ser ausencia cuando tú estás ausente.  

Angustia: angustia es ahorcar al bienestar con un nudo que me atraganta. Llorar hasta desvanecerme. Correr hasta marearme porque me he quedado sin aliento. Sufrir un ataque de nervios que atenace mis sentidos. Culminar con un par de arcadas la noche. Necesitar dormir como solución a mis problemas. Gritar hasta languidecer porque así me lo pide el cuerpo. No encontrar en nada un consuelo porque incluso la música me abandona. Sostenerme en las paredes porque son las únicas que ofrecen su apoyo. Que mi mirada voceé ayuda aunque yo lo esté susurrando.
Angustia; angustia es sentir nostalgia y tristeza al ser ausencia cuando tú estás ausente.  

Indiferencia: indiferencia es no echar de menos tus abrazos. Aceptar el sonido del vacío como nuevo acompañante. Tomarme el café sin seguir tu tradición porque ya ni la recuerdo. Ducharme, simplemente ducharme. Devolverle su vibración a las paredes pero por tener la música bien alta, hacer temblar los cimientos y que los míos se mantengan intactos aunque tú no estés en este baile. Brindar con la copa de vino, sola o con otro, pero brindar al fin y al cabo porque por fin ya no me dueles. Que me asalten más recuerdos y apartarlos fácilmente. Que en mi mente no tengas cabida, ni en los antiguos deseos en los que vuelves.
Indiferencia; indiferencia no es angustia, no es nostalgia, no es tristeza, porque no me hace ser ausencia el que tú estés ausente.  

Y por último esperanza; porque la esperanza es eso último que nunca se pierde. Es el punto final que da lugar a una hoja en blanco. El cambiar del zurdo al diestro cuando te levantas de la cama. El subir las persianas sin miedo a lo que te está esperando. Volver a pintar las paredes. Volver a acostarte soñando, dando a las pesadillas la espalda.
Esperanza; esperanza es que tu ausencia deje de serlo porque un nuevo amor ya la está llenando.  


domingo, 18 de enero de 2015

Kamikaze.



Soy kamikaze.
He llegado a abrir los ojos cuando el viento me golpeaba la cara para no perderte la pista, a pesar de que trajese consigo algún polvo, del que se cuela en la retina y te cala los recuerdos hasta conseguir hacerte llorar.
También he aguantado el frío de tus abrazos porque pensaba que contigo las tormentas tardaban más en alcanzarme. Me equivocaba.
Fui tonta por no darme cuenta de que cuantas más ganas tenía yo de llover menos ganas tenías tú de compartir el paraguas conmigo.
La esperanza nunca se pierde, dicen, pero yo debo ser la excepción y como experimento me ha dictado la regla, porque si alguien ha estado tanto tiempo como yo en la intemperie esperando un milagro entenderá que la haya mandado a la mierda.
¿Sabes? Cuando lo pienso tan solo encuentro vacío en nuestro principio, llegaste regalándome los oídos y un puñado de flores que mataste a los tres meses acostándote con otra. Y escúchame bien porque si las mataste tú fue porque murieron de tristeza y yo fui la causa del contagio. Pero ya lo sabes, las remplacé a los tres días por otras que suplicaban perdón y a esas sí que las cuidaba. Ahora dime tú para qué te sirvió, quiero saber cuál es el cuento real, el que sentiste, el que viviste y no la mentira de guión que siempre has llevado preparada, porque ya sé que te sabes de memoria la historia de Don Lo Siento, tan bien como la sé yo por las secuelas. Y también quiero saber qué conseguías al dejar que recompusiese las ruinas que abandonabas en casa para devastarlo todo de nuevo en cuánto podías, porque es que por tu culpa me guardo más rencor a mí misma por restaurarlas que a ti por arrasarlo todo.
Y es que no te haces una idea de lo jodido que es dar un paso hacia el olvido cuando el motivo principal debería ser el daño que me has hecho y en cambio lo es no volver a ser tan gilipollas.
Supongo que éstas son las consecuencias de haberme enamorado de un narcisista que sabía que podía conseguir todo lo que se propusiese.
Lo peor es pensar que para alguna chica yo soy lo que ella ha sido para mí, ya que estoy segura de que todas hemos bailado entre tus mentiras. Ahora me pregunto si habrán sido más listas y te han pisado antes de irse o han esperado, tan tontas como yo, a que terminara la música.
Por eso, y por abrazarme a la mínima posibilidad de que algo cambiase y no soltarme ni a puñaladas, me he dado cuenta de que soy kamikaze y de que espero que tú tan solo hayas sido un error a corto plazo en mi vida.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Diferentes.



A veces me da por preguntarme qué es ser adolescente.
Y bueno, también, si alguna vez lo he sido.
Supongo que tengo estas dudas porque nunca he formado parte de nada, digamos que siempre he estado en un eslabón de la sociedad al que nunca supe poner nombre.
Y es que somos clasistas, sin duda, nos gusta nombrar todo, están los frikis, los emo, los yonkis, los guays, los hipster, los guapos, los corrientes e incluso los feos.
Por si no te has dado cuenta en uno de esos grupos tal vez estés tú, y sino no te preocupes que estarás en alguno de los muchos que no he nombrado.
Yo, a pesar de haber dicho antes que no formaba parte de ninguno, cosa que explicaré más adelante, también tenía el mío y era el de los frikis.
Yo era o soy una adolescente friki, pero friki arraigada, de las que no hacía falta ni que se lo pintara en la frente porque se ve que los demás ya lo veían. Por ello, he sido friki de infancia a adolescencia.
Curioso que todo el mundo lo viera menos yo.
Siempre me he hecho las mismas preguntas, ¿friki, por qué? ¿porque no me gusta hacer las mismas cosas que los demás? ¿porque me divierto de otra forma?
Hace un par de semanas me crucé con unos relatos míos de tres años atrás en los que acusaba a la sociedad –como si yo no formase parte de ella– de imponernos a los adolescentes unas normas que si no cumples te excluyen para hacerte formar parte de un pequeño grupo que parece que existe para que los demás lo señalen y juzguen.
Así es como he crecido, sintiéndome expuesta.
Ahora me doy cuenta de que tal vez no era la clase de la que formaba parte lo que me limitaba, sino lo mala adolescente que he sido.
Hubo una época en la que las tardes consistían en comprar alcohol y ultimar en unas caladas compartidas algún cigarrillo. Ponerte guapa, salir de fiesta y al final de la noche, con suerte, haber hecho una muesca más en la lista de "tíos con los que te has besado". Y digo con suerte porque cuánto más te adentras en la adolescencia, más alcohol bebes y en consecuencia, menos te acuerdas.
Siempre he sentido que eso era ser adolescente, y que por lo tanto, yo que no me quitaba las sudaderas ni a gritos, que ya podía ser una fecha especial para ponerme una falda y ni se te ocurra acercarte con esa sombra de ojos porque aún no es Halloween, no era adolescente ni de coña.
Cuando en mi grupo de amigos se dejó el fútbol y empezaron a nacer parejas yo me dedicaba a celebrarlas sabiendo que allí era el último mono. Complejos de inferioridad, venid a mí. Cuando empezaron a beber y yo me dedicaba a mantener en equilibrio a los que peor iban tras la presión del "bebe, que no pasa nada, ¿por qué no? ¡es una tontería!" más me daba cuenta de que yo donde mejor y más a gusto estaba era entre libros, que yo de aquel mundo no quería saber nada. Hermetismo, ven a mí.
Ahora me doy cuenta de que no he vivido en una burbuja, he vivido en un búnker que yo misma creé, me he aislado totalmente de todo aquello que me hacía sentir diferente y no te haces una idea de las muchas cosas que aún no he vivido, pero tampoco te podrás hacer una idea de las que sí.
Y aunque me acerco a los dieciocho y esta manera de vivir me perjudique muchas veces, no me arrepiento. He hecho lo que me ha apetecido en cada momento, a pesar de sentirme fuera de la sociedad por no cumplir "sus normas".
Seguramente somos muchos los que hemos sido frikis, raros, infantiles, marginados... Pero ahora sí que puedo decir que he encontrado mi eslabón, lo que hemos sido es diferentes.



miércoles, 1 de octubre de 2014

¿Música?


Él tocaba el piano con la gracilidad característica de unos dedos entrenados para hacer volar la música, aunque en realidad fuésemos nosotros los que levantásemos vuelo.
Las habitaciones se llenaban de notas, algunas más graves, otras más agudas, dependiendo de su ánimo y del tono en el que él quisiera hacernos llorar.
Y es que resistirse era imposible, porque una vez entrabas te golpeaba el blanco o el negro de sus teclas y si no te emocionabas de esperanza acababas haciéndolo por todo lo contrario.
Entrar en aquella habitación suponía adentrarse en una vorágine de emociones que culminaban en una abstracción absoluta. Minutos después te encontrabas observando por la ventana los detalles más nimios que en tu día a día se te pasan por alto. Por ejemplo el movimiento de las hojas de un árbol podía resultar hasta poético e incluso las personas con más prisa parecían ralentizar su movimiento. No os podéis ni imaginar lo que suponía observar el mar escuchando una de sus melodías más tristes.  Cada una de las ola que estalla contra la orilla o las que rompen contra las rocas se llevaban una parte de ti aunque fuese conceptual, como si se diese tu propia evasión hasta que no te sintieses, hasta que no te reconocieses o simplemente hasta que no fueses, como si la vida te acogiese para vivirla desde otra perspectiva totalmente ajena a ti mismo.
Sí hay maneras de parar el tiempo aunque éste siga transcurriendo, y es increíble la capacidad que tiene de hacerlo la música.
A veces teníamos la suerte de escucharle mientras llovía, no os podéis hacer una idea de cómo la melancolía se cuela dentro, aunque no le hayas dado permiso invade cada uno de tus recovecos y quitártela de encima no resulta del todo fácil. La gotas sellan las ventanas al ritmo de la música y tú, de repente, empiezas a sentir que formas parte de eso. Ves a través de ellas un mundo más borroso aunque en ti todo se vuelve más nítido. Las emociones son más tangibles y te embarga una tremenda sensación de vacío, el mismo a donde van a parar las gotas que resbalan frente a ti haciendo eses. Y es que aunque hayan dejado rastro al igual que lo hace tu presencia desaparecen sin darte tiempo a preguntarte a dónde han ido.
Pero su música no es solo eso, es paz, es compañía, es un una nota sostenida que te sostiene evitando caer, es la banda sonora de tus mejores momentos o de los peores, es calma, es soledad... Por ser lo es todo sin ser nada, ya que no hay nada más abstracto que un conjunto de sonidos que te hacen sentir.
Y ahora, después de esto, atrévete a preguntar qué es la música para mí.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Sírvame un vaso, de esos que escuecen.



Miraba el vaso pensando cuántos tragos necesitaba beber para acabarlo y tocar fondo mientras las personas de su alrededor cada vez se animaban más. Algunos llegaban hasta a celebrar con un brindis alguna de esas tonterías que te animan la vida a ratos. Pero él no formaba parte de eso, aquella vez no había encontrado diversión en la bebida sino la abstracción.
Lo movió y el alcohol subió por las paredes del vaso para hacer el recorrido de nuevo a la inversa. Como las olas de un mar en calma, un vaivén suave en el que le hubiese gustado verse inmerso, tan solo por encontrar quietud y conseguir por fin dejarse llevar.
Hasta que alguien le golpeó sin querer y acabó manchándole la camisa. Durante varios segundos observó como su bebida se zarandeaba de un lado a otro e impotente se levantó y golpeó el vaso contra la barra del bar. El alcohol se derramó cayendo al suelo, salpicándole los zapatos mientras pequeños cristales se clavaban en su palma.
Fue entonces cuando apretó los dientes y pegando empujones salió a la calle, pero no sin dejar la propina de un sin pagar con un portazo.
Una vez fuera se quitó los cristales mientras la rabia suplantaba el dolor físico en sus gestos, porque aquella era su vida, una continua lucha por conseguir una calma que cuando llega ni se evapora, ni desaparece. Se la arrebatan con golpes que le acaban rompiendo.
Igual que ese vaso que se arrepintió de no haber bebido... Porque si lo hubiese hecho tal vez los dos se hubiesen consumido y él estaba deseando conseguir algo parecido a apagarse.
Como remedio comenzó a caminar aunque no sé bien hacia dónde, supongo que al no tener la oportunidad de irse lejos prefirió perderse por sus calles y abandonar sus malos recuerdos en alguna esquina. A veces el mínimo contacto con uno puede hacerte mucho daño y esa lección él ya se la sabía. Se había sentido defraudado y traicionado más veces de las que uno quiere vivir, y cuando viajaba al pasado al intentar dormir Morfeo ya no le acunaba y acariciaba al escucharlo, ahora le abandonaba a su suerte prestándole un cuchillo cargado de angustia al Insomnio para que el dolor en el pecho lo mantuviese despierto durante toda la noche.
Ahora es un chico incapaz de sentir y tal vez por temor a hacerlo... Al igual que al que le gusta vivir a oscuras pero acaba temiendo al color negro.
Y es que al final la vida es eso, un vaso de algo que escuece con una cuenta atrás que no depende de los tragos que nosotros demos.

martes, 2 de septiembre de 2014

Vivencias del olvido.



Miró hacia atrás y cuando lo hizo vio recuerdos enlazados en pupilas, sueños abandonados en cuadernos de anillas y el miedo escondido en sus bolsillos, pero no vio lo que quería ver, no la vio a ella.
Así que vivía con los puños cerrados, siempre preparado para golpearme si notaba mi presencia. Pero en aquellos puños no solo guardaba la rabia de un hombre al que le han quitado todo, también guardaba el roce de unas manos que un día acariciaron las líneas de su piel. Guardaba los latidos de un corazón que a veces sentía que palpitaba para él y el último rastro de sus besos.
Guardaba todos esos rasguños de amor esperando que cicatrizasen para que no pudiese llevármelos, ya había perdido demasiado cuando un día intentó recordarla y no pudo... A pesar de ser mi culpa, responsabilizó a sus retinas y a su memoria, o puede que solo a él mismo por no haber memorizado sus rasgos tan bien como sus manos lo hicieron con sus curvas.
Él se preguntaba cómo podía ser capaz de sentirla cada noche en su cama, revolviéndose en sus sueños hasta enredarse en las sabanas, entre sus piernas o en su cuerpo... Escuchar su risa y oler los vestigios de su presencia y no poder ver su cara al cerrar los ojos.
Jamás reparó en mí y en lo canalla que puede ser mi existencia.
Aún así todavía sabía describirla por todos aquellos relatos que escribió sobre ella y las historias que vivir en un futuro.
Un porvenir de sueños que ahogó incluso al fuego porque parecía que ni éste era capaz de soportar tanta pena.
Y él agradeció la casualidad como el mejor pésame que podían darle porque aquel día no fue el único en aquella casa que la echaba de menos. Y de la misma manera se sintió comprendido, alguien o algo había entendido el mensaje, su vida también se apagaba cuando se consumían los recuerdos.
Y no me preguntéis por qué no le arrebate también esos, supongo... que por compasión o lástima.
Estuvo esperando semanas con las cenizas de ambos, las de ella y las suyas hasta que por fin salió un día nublado que olía a tormenta, no por hacerlo más dramático y regodearse de su desgracia... Tan solo porque a ella le gustaba la lluvia.
Así que se acercó a aquel acantilado y con pulso tembloroso dio un último beso a la urna para abrir y dejar volar a la persona que más había querido y a los sueños que jamás podrán cumplir.
Tendríais que haber visto su entereza, la manera en que recobró el pulso con la caja ya vacía bajo su brazo y la lluvia calándole hasta los huesos, como lo hacía su dolor.
Fue entonces, cuando volvía, cuando me retó a un pulso y lo ganó, consiguió verse con veinte años menos, aquel pelo ridículo, unos pantalones de pana y una camisa a cuadros, sonriéndole a su vida; sonriéndole a ella, que agarrada a su brazo conseguía vaciarle los bolsillos de sus miedos en cada carcajada.
Y de repente la vio.
Yo me desvanecí.
La vio con sus facciones suaves, su piel clara y el pelo rizado marrón, con los labios curvados devolviéndole la sonrisa y los ojos entornados de alegría. Con sus pestañas largas y nariz respingona.
Veinte años más joven, como él, pero la vio en su mente y con eso le bastaba así que apretó los puños con tanta fuerza mientras memorizaba los detalles que me fue imposible volver a hacerle olvidar, y ahora que ha conseguido deshacerse de mí sé que no me va a volver a sentir porque no piensa volver a perderla.


jueves, 5 de junio de 2014

Cris.


Tenía la maldita costumbre de reír tapándose la boca, de limpiarse el rastro del café de su labio superior con la manga del jersey, y de mirarme de reojo dirigiéndole una sonrisa a su acompañante, como si le fuese indiferente que la estuviera mirando.
De vez en cuando sacaba un cuaderno del bolso y un bolígrafo negro, siempre negro, de esos nuevos a los que se les llama de gel.
Como curiosidad nunca traía uno de tinta, supongo que es porque temía que se corriese por la hoja en blanco.
Y es que aunque a mis ojos pareciera una chica bastante descuidada, cuando se trataba de escribir ponía mucho cuidado y esmero.
A veces se notaba en su mirada que tenía autentica predilección por aquellas hojas, y más en su forma de pasarlas como si sus dedos fueran viento y en caricias cambiara la página.
Y mira que yo solo me encargo de poner cafés, limpiar mesas y nunca he sido demasiado de literatura, pero aquella chica tenía su aquel y éste me empujaba hasta para escribir en servilletas. Aunque por qué negarlo, sólo si era sobre ella.
Es curioso, pero he aprendido a definirla, yo la había llamado Cristina, porque estaba seguro de que debía tener un sobrenombre para aquellos –que uno se cree– que son de confianza, y bueno, yo me la había tomado porque estoy convencido de que la conozco incluso más que los que creen conocerla.
Así que para mí era Cris, solo Cris.
Y ustedes dirán, he limpiado hasta sus lágrimas cuando se permitía la debilidad de dejarlas caer en la mesa.
Nunca más de doce, por lo que creo que es supersticiosa.
Después se levantaba dejando el euro ochenta sobre la madera y salía con prisa por la puerta con una maldición entre sus labios, y yo, como no, sabía muy bien a quién iba dirigida.
Antes he dicho cafés, pero al hombre que la dejaba plantada yo le servía cervezas, y de vez en cuando vasos de whisky, de esos que utilizo como chiste porque estoy seguro de que algún día servirán como componente en un arma nuclear.
Sin duda, esa bebida es un matarratas, pero justo aquella era invencible, aunque siempre salía tambaleándose y me hiciese pensar que no llegaba a su casa, a la noche siguiente, de nuevo, volvía.
Permitidme el coloquialismo, pero era un hijo de puta y lo escribiría hasta en mayúsculas.
Y no, no porque la hiciera llorar, eso en comparación es una tontería.
Simplemente porque se sentaba en la barra con esa sonrisa amable y palabras cordiales, pero a medida que avanzaba la noche el alcohol sacaba esa parte de él que tanto me repugna.
Siempre acababa hablando de Cris, de que si era demasiado santa en la cama, de que si de vez en cuando tenía que ponerla en su sitio porque no lo complacía, y de que no sería la primera vez ni la última que había estampado un plato de comida contra la pared porque se pasaba con la sal.
Os puedo asegurar que si supiese que mañana mismo moría, o dentro de unos meses, yo me lo llevaba conmigo a la tumba.
Él también me incitaba a escribir aunque fuera sacando lo peor de mí, ya que esa rata me evocaba la imagen de aquella chica tímida, risueña, delicada, llena de miedo, cubierta de moratones.
Grandísimo cabrón.
Hace una par de semanas que ya no la veo y si sigo reservando su mesa entre las siete y cuarto y las ocho menos diez creo que mi jefe acabará echándome a patadas.
En cambio él si sigue viniendo y eso me confirma que sigue viva, pero no estoy seguro de saber hasta cuándo.
Y yo vivo con miedo, no puedo negarlo. He tenido tantas veces el número de la policía marcado en el teléfono que se hacen incontables. Pero conozco la justicia de este país y sé que mis pruebas son como las de un niño que acusa con el dedo mientras grita: "¡Mami, ha sido él, él me ha empujado!"
Así que qué debo hacer, este tío está colgado, lo veo capaz de cumplir las amenazas que me esperan si actúo.
Y aunque no soy el único cobarde tampoco me reconforta, supongo que esperaré otro par de semanas a que vuelva para poder convencerla de que lo cuente porque en esta maldito bar lo sabemos todo.
Recuerdo los primeros días, era imposible no fijarse en Cris porque ella era felicidad, llenaba el ambiente con sus carcajadas y ese aura de enamorada por primera vez. Él era todo un detallista, más de un día he tenido que pedir que retiraran el ramo de rosas de la mesa para poder limpiarla, y ella siempre se lo arrimaba al pecho e inspiraba el aroma mientras me miraba. Otras veces daba vueltas a un anillo de plata sonriéndole a él. Pero os diré que todo era material porque en muy pocas ocasiones le devolvía la sonrisa, si que acercaba su mano para acariciarle el brazo o se sentaba a su lado para hacerlo con su pierna, pero siempre eran gestos interesados que aún así a ella le volvían loca.
Eso duró apenas tres semanas, después él comenzó a faltar a sus citas y si venía lo hacía con total displicencia, mantenía cuatro frases con Cris mientras daba vueltas a su café y una vez se lo bebía se iban aunque a ella no le hubiera dado tiempo a acabarse el suyo.
Fue en ese momento cuando empezó a torcerse el asunto. Ella se dejaba llevar, se dejaba hacer, simplemente se dejaba con tal de que él estuviese bien con ella.
Empezó a ser una relación de complacencia en la que Cris perdió todo su amor propio para regalárselo a él y él a mí entender sólo quería sexo así que lo menospreciaba.
Ahora están en ese punto en el que doy por hecho que le ha prohibido salir y ella vive por y para ese capullo, supongo que ocultando de la mejor manera posible aquel cuaderno que le da la vida.
Es terrible, lo sé, pero como os digo yo soy un simple camarero que escribe en servilletas y no el héroe de ninguna historia, aún así podéis creerme cuando os digo que me haría muy feliz poder serlo de ésta.





sábado, 24 de mayo de 2014

24 de Mayo.


Hoy es uno de esos días en los que necesito andar despacio, con las manos en los bolsillos y perder la vista al frente.
Sentarme en la orilla a jugarle un pulso al mar, que el frío me cale los tobillos y las huellas me persigan cuando al ser demasiado tarde intente huir de allí.
Hace un tiempo que el agua dejó de mojarme, ahora solo resbala por mi cuerpo como si yo ya estuviese lo suficiente empapada, como si viviera bajo el agua y ésta ejerciera tal presión que me hiciese incapaz de sentir.
Así que esperaré a que me envuelva el viento para que me erice la piel y me traiga consigo un poco de cordura, ya que estas vistas tan al borde del abismo empiezan a resultar inconcebibles.
He de decir que al menos en este baile he encontrado la metáfora perfecta de la vida.
Una ola, de las imprevisibles, de las que te arrancan los pies de la tierra y una vez consiguen desorientarte vuelven a dejarte en la arena, para después retirarse con el sonido más ensordecedor que encuentra, aunque para el que está ahí tirado y aturdido sólo es un silbido de advertencia. De esos en los que hay que afinar el oído para escuchar que o te apartas de ahí o pronto regresa dispuesta a hundirte con ella.
Por eso el agua ya no salpica, vivimos bajo un mar revuelto.
Aún así, quiero coger aire, todo el que me quepa en el cuerpo y borrar de un sólo soplo todos los colores que hagan de este atardecer uno más bonito.
Dejemos jugar en otro horizonte a los tonos rosas o naranjas, hoy mi mar necesita que haga su aparición triunfal el gris.
Y a poder ser quiero ser música, que mi sonido se escape, se evapore, que suba alto y retumbe, que el eco se lo regale a alguien, no quiero formar parte de esto.
Como os digo, hoy es uno de esos días en los que la vida deja de serlo, porque el tiempo juega a pararse, hace sus momentos eternos, intentando demostrar que está ahí, latente y ausente, tanto o más que nosotros.
Hoy es día de luto y su negro me arrastra y me acoge hasta dormirme porque ya estoy agotada, espero que éste no sea uno de esos duelos que dejan gritos atravesados en gargantas, palabras no dichas que conciben huellas imborrables o heridas abiertas en los recuerdos.
Hoy es uno de esos días de andares lentos y abrazos a tiempo tras una despedida muda, tras el último adiós en silencio.

viernes, 9 de mayo de 2014

Y que cuando me mires, comprendas a qué me refiero.



He leído tantos relatos sobre la ausencia que ahora cuando me faltas siento que vivo en un cuento, de los que me hacen viajar entre los sinónimos de la tristeza y perderme por cada una de las acepciones de la nostalgia. Pero solo esta desorientación ante tu falta me hace sentir la perfecta metáfora de la angustia.
Todo por culpa de esas guerras de silencio que libramos por orgullo, y tu desinterés ante las sacudidas de voz que retengo en mi garganta.
Como si no se notase en mi manera de darte la espalda que guardo una retahíla de máximas que echarte en cara.
Así que abramos el diccionario y vayamos directos a tu indiferencia, conocida también como displicencia, aunque prefiero el término frialdad. Porque aunque sea de inviernos y no haya nada mejor que tu tacto gélido bajo las sabanas, no estaría de más que tuvieses un temperamento más acogedor, de esos que no sólo se caldean a altas horas de la madrugada.
Estoy cansada de ser esa antítesis que cuanto más se esfuerza por olvidarte con mayor facilidad te recuerda. Aún sabiendo que últimamente no es recíproco.
Así que demonos otra vuelta por mi diccionario y lleguemos a "involucrar."
Juntos, porque es lo único que siempre te he pedido, un poco de compromiso, una implicación emocional.
Que yo entiendo que la rutina y el trabajo te cansan, que yo te canso, pero no ejerzas un paralelismo entre la extenuación y tu vida, porque momentos grises siempre hay muchos pero para algo se inventaron los pinceles. Y si es cuestión de coger una brocha y narrarte de color cada una de tus paredes, yo me presto voluntaria.
Te relataré poesía en tonos ocres, como aquellos atardeceres que perdimos en la mudanza.
Y teñiré con palabras verdes de esperanza tus miradas más tristes.
Que si hace falta me invento mitos sobre el azul de tus ojos o te describo desde la lírica cuánto me gustan tus imperfecciones.
Te contaré si quieres esa leyenda que corre por el barrio y dice que sin ti la desdicha me persigue a donde vaya y que la melancolía se personifica cada mañana para pintarme los ojos de esos tonos grises de lo que con tantas ganas huyo.
Que como sabes, toda novela necesita personajes principales, y yo no quiero seguir escribiendo si tú no eres el mío.
Se acabaron las escenas retrospectivas, el remontarnos en el tiempo cuando tú hiciste qué al yo decir algo.
Utilicemos la elipsis para esos momentos malos y dejémonos de paradojas, porque quiero calarte y llegarte, sin que tengas que buscar el significado a lo que digo, porque sólo yo quiero ser el sentido de mis palabras, y que cuando me mires, comprendas a qué me refiero.
Ya sabes lo que dicen, sólo un escritor es capaz de hacerte inmortal, así que no te vayas más y seámoslo juntos.

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